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De la guerra a la paz hay solo un balonazo

May 30, 2017 Especiales

“¿A usted alguna vez le ha pasado algo malo?” dijo Allan, mientras sus pequeños ojos buscaban atentamente una respuesta. Antes de recibirla, el aire un poco frío de la montaña cubría el lugar donde el pequeño de 8 años hacía su pregunta, pisando un suelo de tablas donde se alzaban varios cambuches en los que en vez de puertas había bolsas negras y telas de camuflado para guardar la intimidad. Eran cambuches farianos.

Allan mira a unos pocos metros hacia la montaña y reconoce su casa, ubicada en la vereda Monterredondo, cerca del municipio de Miranda en el norte del Cauca, a unas dos horas y media de Cali.

Esos cambuches con los que roza su balón hacen parte de un lugar en el que algunas personas que antes empuñaban las armas, ahora patean balones y celebran goles, un lugar que Allan visita habitualmente sin ser hijo de guerrilleros, porque para él, como para muchos habitantes de veredas aledañas, los farianos del Sexto Frente y la Columna Móvil Gabriel Galvis son sus vecinos, aquellos que viven hoy en un trozo de territorio caucano que para efectos de la implementación del Acuerdo de Paz ha sido llamado Punto Transitorio de Normalización (PTN).

Este punto, llamado Dagoberto Ortíz, es uno de los 8 que hay en el país, y su diferencia con las zonas veredales está en que albergan a un menor número de guerrilleros, por lo que son lugares más pequeños y están diseñados específicamente para la llegada de los frentes que están en lugares remotos. En el PTN Dagoberto Ortíz, hoy viven 220 farianos.

Monterredondo ha sido escenario de enfrentamientos entre las FARC, grupos paramilitares y Ejército, lo que ha generado múltiples desplazamientos de familias de la zona. Pero hoy este lugar es una vereda con sueños de paz.

Es sábado al mediodía, y Allan va a su casa por el balón mientras su hermano mayor lo espera para jugar y aplicar lo aprendido en sus entrenamientos de los martes, a la vez que a unos pocos metros de los cambuches el ambiente de celebración es reconocible: hay arreglos con bombas en una especie de salón principal, la música fariana ambienta el espacio, y en una cancha sintética de fútbol, se ve a estudiantes universitarios, jóvenes de las FARC y habitantes de la zona correr tras el balón.

Este día es muy especial por lo que su fecha significa en el calendario: 27 de mayo, se cumplen 53 años de fundación de las FARC al mando de ‘Manuel Marulanda’.

La fecha nos traslada exactamente al 27 de mayo de 1964, cuando surgieron las FARC en respuesta al ataque militar a Marquetalia, que para los farianos fue una ofensiva del Estado contra los campesinos, mientras que para otros fue un “error histórico” fundado en la idea de acabar con la raíz de la amenaza insurgente influenciada por la Revolución Cubana.

Cincuenta y tres años después de ese día, hoy los farianos celebran su aniversario de manera distinta, cuando esperan su futura desmovilización y reinserción a la vida civil a pesar de los incumplimientos del Gobierno, pues a la fecha, el Punto Dagoberto Ortíz no cuenta con todas las adecuaciones necesarias acordadas en La Habana.

¿Y las armas? Están guardadas en un lugar del que nadie dice nada.

En las letras de las canciones del día se cuentan historias de guerra, de cómo la lucha de las FARC por 53 años enorgullece a los integrantes de la principal y más antigua guerrilla de Colombia, siguiendo los ideales de ‘Manuel Marulanda’, quien tomó su nombre de guerra de un sindicalista asesinado, direccionando así los ideales de las FARC al autoproclamarse como el Ejército del Pueblo, alentando a los campesinos a tomarse el poder, manteniendo la pelea liberal nacida en los cuarenta al luchar contra la élite conservadora.

Allan no entiende toda esa historia aún, él a sus 8 años solo sabe que su balón azul puede rebotar en el PTN sin problema, mientras cualquiera de los farianos le da un saludo a lo lejos.

Unas horas antes de que Allan haga su pregunta, ‘Alirio Morales’ está sentado en una silla rimax y mira al frente, divisando a pocos metros la camioneta de la Misión de Verificación de la ONU y más allá, alzando un poco la mirada, está la cancha sintética, donde el juego es arbitrado por un delegado del programa Deporte Social Comunitario, Recreación y Actividad Física para el municipio de Miranda, organizado por Coldeportes con el fin de hacer un acompañamiento a los farianos viendo su estado físico, haciendo actividades lúdicas y promoviendo el deporte para la paz.

Con una bufanda que trata de taparle algunas cicatrices en la nuca, el comandante ‘Alirio’ cuenta que los PTN “son lugares donde la gente llega con la imagen de que los vamos a mirar mal, que no estamos bien preparados políticamente, pero cuando hablan con nosotros, se dan cuenta que la cosa es distinta y eso les cae como un baño de agua fría y salen fresquitos”. Además, destaca su compromiso con las FARC, que para él es algo “sagrado”.

Las preguntas para ‘Alirio’ parecen infinitas en comparación a los interrogantes de Allan, quien antes de preguntar por sucesos desafortunados en la vida, pregunta qué tan grande es Cali y cómo es su gente.

A la entrada de este PTN, dos guerrilleros registran a los visitantes y dan un pequeño trozo de papel plastificado a modo de identificación. Por la celebración, se obsequiaba un botón color marrón con el rostro de ‘Manuel Marulanda’ y el motivo de la fiesta. Su recibimiento es amable: cuentan historias, ríen, bromean, cantan…son unos colombianos más.

Por eso Allan y otros habitantes van a visitarlos, ya los conocen, porque al fin y al cabo, ellos también son campesinos y siempre han estado en ese territorio.

Al otro extremo del lugar donde se encuentra el comandante sentado en la silla rimax y acomodándose la bufanda, una mujer de piel canela, cabello negro y rostro de gesto tranquilo observa el partido. Ella es Leyda, una habitante de un lugar aledaño que está a hora y media del PTN. Cuenta que su presencia en el lugar es frecuente “para mostrarle a la gente que hay un cambio, que hay convivencia, hay que hacer entender que aquí no hay riesgos, más riesgos hay en el pueblo”.

Mientras Leyda y otras mujeres de lugares vecinos observan el partido, las guerrilleras están ocupadas en la cocina, vendiendo frituras o alistándose en los cambuches para el baile en la noche, cuando el Dj ‘Libardo Cepeda’ ponga a azotar baldosa con música fariana.

‘Libardo’ es un caleño que creció en Siloé, y para él esta celebración le recuerda que estar en las FARC le permitió “aprender cosas que no conocía, como la realidad del campo”, por eso su mayor sueño es “lo que sueñan todos los colombianos: que este país cambie, que no haya más muertos, masacres ni genocidios, que el campesino y la campesina tengan más derechos para que ellos puedan producir y este país tenga más desarrollo”, demostrando los ideales de Marulanda.

De delitos, desaparecidos y tomas guerrilleras nadie habla, pues todos esperan a que la Jurisdicción Especial para la Paz sea la que en su momento los haga contar todo, y prometen decir la verdad.

Pa’ lante porque atrás asustan

Pero del futuro sí hablan, por eso los planes de ‘Alirio’ para cuando vuelva a la vida civil son “ser agente político dentro del nuevo partido de las FARC. Los jóvenes de acá también tienen sueños, algunos quieren ser electricistas, otros quieren ser agrónomos, cocineros, músicos, artesanos, periodistas, enfermeros… Mi mayor sueño es que el pueblo sea sólido”. Allan solo dice que cuando sea grande, quiere ser un trabajador.

A eso de las 3:30 de la tarde, en el salón principal compuesto por una gran carpa que cubre una parte del terreno, con una mesa larga sobre la que se pusieron las tortas y gaseosas para compartir, además de dos trofeos para los ganadores de dos partidos de fútbol que se jugarían más tarde, ‘Alirio’ y otros altos mandos dieron inicio al evento oficial frente a habitantes del sector, guerrilleros y estudiantes. Luego de los discursos, tres universitarias leyeron sus cartas para los guerrilleros, y después de los aplausos, vendría el deporte y en la noche el baile.

Así, ese 27 de mayo fue diferente para Colombia, era la primera vez que en los medios no había una noticia reciente de un enfrentamiento entre el Ejército y las FARC, ni de una toma guerrillera, ni de secuestrados o desaparecidos. Por eso Allan, antes de recibir una respuesta, se adelantó a decir que a él sí le había pasado algo malo en la vida, así que alzó su camisa y mostró una cicatriz, no de una bala, sino de una cirugía que tuvo hace un tiempo por cuestiones de salud, mientras escuchaba a lo lejos la voz de su hermano que lo invitaba a jugar con el balón en un lado del PTN, listo para que con un balonazo construyan un nuevo país, un país en paz.

 

Por: Diana Velasco – Onda UAO

Texto finalista en la categoría  ‘Mejor Crónica Escrita’ de los Premios Te Muestra 2017

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