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Todo por una cicla

Nov 9, 2017 Últimas Noticias

Recordar se va haciendo difícil con el pasar del tiempo, y mucho más cuando el pasado ha lastimado
hasta dejar claro que el estado natural de la vida es el sufrimiento. Lo aterrador ya no aterra y los
sentimientos parecen estar anestesiados después de todo lo que se ha tenido que ver cuando se
tienen sesentaidós años. Eso dejan esclarecer los gestos secos, la desordenada forma de reconstruir
su historia y su mirada directa a quien le preguntaría por lo que nunca antes alguien se había
interesado en escuchar.

Entrevisto en la sala de mi casa a Roberto López Torres, hijo de la dificultad hecha familia en el solar
del Valle del Cauca, en Cartago. Fue el tercero de siete. El primero no era hijo legítimo de su padre
y la sexta era muy “morenita” como para serlo. El segundo era el tremendo, el cuarto era
“trabajadorcito”, la quinta y la séptima fueron como sus hijas.

***

Era la Decimotercera edición de la Vuelta al Valle de Ciclismo en 1988, Roberto representaba al
equipo masculino de nada más y nada menos que la Gobernación del Valle, instituto gubernamental
en el que trabajaba desde el ochentaidós en su sede principal de Cali. No le iba mal. Tras la segunda
etapa, cuando llegó a su pueblo natal, Cartago, recordó lo difícil e inseguro de cada uno de sus pasos
para poder ser quien era en ese momento: un habitante de Cali con un trabajo estable y, además,
un deportista de alto rendimiento. Se dio cuenta que no podía pasar desapercibido.

***

Duele decir que era típico, pero así lo confirma Roberto cuando cuenta que los niños como él se
criaban en Cartago al lado del río La Vieja, conociendo los vicios y excesos comunes como posibles
estilos para hacer la pobreza llevadera.

Él nunca hizo de esos ejemplos algo de carne propia, pero por estar de “aventurero” un día que
estaba por la rivera, donde el monte oculta lo que no está bien visto, un marihuanero lo llamó, a él
y a sus dos amiguitos. Sus nueve años no habían hecho cuerpo suficiente para soportar el
constreñimiento del tipo, que lo pudo agarrar a él y no más. Roberto fue el de la mala fortuna. Ese
tipo, a quien no sabe cómo describir después de tanto tiempo, esa tarde lo violó sexualmente.

Fue el inicio de más desgracias. Y es que para tener desgracias para contar sólo se necesita vivir.
Entre más vida, más desgracia. Él tenía la propia, la de sus padres y seis hermanos.

***
En los sesentas, decirle a un niño de doce o trece años que trabajara era normal. La necesidad de
embutir bocas y limpiar culos era responsabilidad de todos: grandes y pequeños. Por eso es que
Roberto, mientras su mamá estaba encargada del caserío, mientras su papá martillaba zapatos de
gran parte del pueblo, él, junto a su hermano el tremendo, Guillermo, trabajaban de día en graneros,
galleras, casinos, billares, restaurantes, panaderías, repartiendo leche, llevando domicilios,
mercados, cervezas y lo que le tocara. De noche vendía gaseosa, sándwiches, refrescos, agua y
dulces en los teatros. Todo lo hacía con su mejor amiga, su bicicleta, que no era suya sino de su
padre. No había para tener otra.

Luego de un par de años, ya iba a hacer mandados hasta Pereira. Aprovechaba las escapadas para
pasear sobre sus dos ruedas de tracción humana. El viento en la cara le distraía de la realidad de su
familia.

Uno de esos días en los que ya tenía dieciséis años, volviendo de la capital de Risaralda, un muchacho
lo llamó; quería hacer un trato por su bicicleta. El muchacho lo acompañó hasta su casa, donde su
papá lo autorizó para que recibiera los pesos que le estaban dando por el nudito de acero.

Algo no le habrá gustado a la familia del muchacho, porque demandaron lo ocurrido y se llevaron
para la cárcel a don Roberto Colón López, su papá. El intercambio nunca fue legal porque se realizó
entre menores, por lo que se acusó de estafa al representante de Roberto.

Metió en un problema a su papá, del que lo sacó una semana después con ayuda de un abogado
que le ordenó lo que tenía que decir para que no sentenciaran a don Roberto. Todo por una “cicla”.

***

Los achaques familiares no tenían freno. Su mamá nunca cuidó unos tumores en el estómago que
le habían sido descubiertos cuando nació la quinta, Stella.

Roberto tenía diecisiete cuando María Elisa Torres, o doña “Lisbeth”, como le decían casi todos en
Cartago, murió luego de no soportar el dolor y el daño que le causaba un cáncer gástrico
profundamente avanzado.

Roberto, acostumbrado a ser espectador del terror desde cerca, se infiltró en la morgue para poder
ver desde el techo la autopsia de su madre. No le dolía lo repugnante que pudo ser lo que veía, sino
que era su mamá, la que mantenía pendiente de todo en la casa.

***

Su estilo siempre ha sido muy militar. Con sesentaidós años, Roberto reposa sobre mi sofá sin una
curva en la espalda. Mide unos 185 centímetros y aún se le marcan músculos sobre sus brazos, su
pecho y sus piernas. Delatan su edad las gafas que lleva puestas y las canas que se le asoman en su
cabeza rasurada totalmente; las pestañas y cejas lúcidas, aún oscuras, que resaltan sus ojos nimios,
son cómplices de un paisaje corporal muy juvenil, que todavía no se inunda de arrugas.

A los diecinueve, era el prototipo adecuado de un Marlon Brando en una cinta bélica como
‘Apocalypse Now’, lo que lo llevó a buscar un nuevo destino en el Ejército Nacional de Colombia,
donde pagó su Servicio Militar obligatorio durante 22 meses y 17 días.

Los maltratos recibidos por sus superiores, así como los problemas personales obtenidos con
algunos uniformados, lo llevaron a declinar la idea de hacer una carrera profesional bajo el
camuflado.

***

Veintiún años, sin mamá, sin educación suficiente, sin sueños por seguir, sin bicicleta, pero con
muchas responsabilidades por cumplir. Viene a Cali en agosto de 1976, con ayuda de Mario, el
primero de los siete, el que no era un López legítimo.

***

Roberto no sabía que por las mismas rectas y curvas que rodaba su bicicleta, pasaban las ruedas de
Luis Alberto ‘El Toro’ Camargo durante la Vuelta al Valle de 1988. Cuando ‘Robert’, como le dicen
algunos, partió en la tercera etapa desde Cartago, el pueblo que lo hizo valiente a la fuerza, se le
incrustó la idea de que tenía que irse adelante y, si podía ganar, que lo hiciera sin aplazar más su
éxito. Tal vez lo motivó ver en Cartago los reflejos de una amargura por cada esquina.

***

Recién llegado a la capital colombiana que se estaba poniendo de moda por su crecimiento
económico en 1976, una multinacional lo contrató para que hiciera lo que más aprendió a hacer
durante sus casi dos años de ejército: ser centinela.

Todos los días lo trasladaba el pedaleo constante y juicioso desde Terrón Colorado, donde vivía,
hasta la planta de General Electric en la vía Cali – Yumbo. Así fue por dos años y cuatro meses.
Luego de una jugada sucia del propio sindicato de los trabajadores, lo sacaron de la empresa como
si él hubiera renunciado, llevándose a casa una indemnización y una carta de recomendación.

Roberto ya se había traído para Cali a su papá, a Stella, a Ana la “morenita” y a Martha, la séptima
de siete; aprovechando su buena época laboral. Aunque él no se imaginaba que las dificultades iban
a volver tan pronto, porque con su salida de la empresa norteamericana le tocó volver al rebusque;
volver al ciclo de su adolescencia. En ninguna parte le daban trabajo estable y tenía hermanas con
hambre. Así fueron cuatro años, con la bicicleta como herramienta principal de trabajo.

***

Cartago, después de parecer haberse ensañado con los López Torres, por fin aportaba una tregua.
Un viejo amigo del pueblo, el abogado Darío Delgado Arango, estaba dispuesto a ayudar a don
Roberto Colón; después de unos años los reencontraba el destino en las calles de Cali, aquellas
que son conocidas implícitamente por los caminantes como los escenarios de la casualidad.

 

Delgado hacía parte de una de las maquinarias políticas mejor aceitadas de los años ochenta, junto
a Carlos Holguín Sardi y otros roedores de las oportunidades en las funciones públicas. Esa
maquinaria puso a Delgado como uno de los Secretarios de la Gobernación Departamental que
iniciaba en 1982.

‘Robert’ obtenía después de más de cuarenta meses un trabajo estable de nuevo. En la Gobernación
del Valle del Cauca, en aquel edificio que se erige al frente de la plazoleta de San Francisco, Roberto
hacía lo único para lo que una empresa “seria” lo consideraba apto: ser vigilante.
Él nunca se imaginó que todo le iba a resultar bien, después de todo.

***

Su sueldo le permitió comprarse su primera bicicleta profesional. Empezó a entrenar de la misma
forma que siempre lo hizo: por sus propios medios.

Él era su entrenador, su nutricionista, su patrocinio, su mecánico y su psicólogo.

***

La tercera etapa acababa en Buga y el afán por vencer lo endemonió cuando pasaba por La Victoria,
como si el nombre del pueblucho le hubiera regalado una caramañola cargada de aguapanela
hirviendo.

Atacó hasta donde las piernas le permitieron y llegó al primer lote, en donde se cultivan los
campeones. Cuando el grupito del top se dio cuenta que Roberto, un don nadie del ciclismo, sin
patrocinio y una simple licra con el nombre del ente gubernamental del Departamento, sin una
asistencia adecuada en la carretera, y que con lo único que contaba era consigo mismo estaba tras
ellos, dispuesto a dejarlos en ridículo, sólo tuvieron como solución jugar sucio. Por lo menos, así lo
recalca Roberto.

“Ellos se volvieron a ir adelante y luego los carros de sus equipos no me dejaban avanzar. Yo
arrancaba a querer engañarlos y ellos me cerraban. Yo me sentía capaz de ganar, o de ir en el
pelotón del frente, pero la trampa no me dejó”.

La competencia de 1988 la ganó ‘El Toro’ Camargo, quien también estaba dando sus primeros
pasitos en el ciclismo nacional. Ese mismo ‘Toro’ que “embistió” a sus rivales en España, cuando
ganó dos etapas en las Vueltas de 1989 y 1990.

***

Los golpes siempre volvieron. En 1989, en una jornada de entrenamiento, cuando iba en su bicicleta
desde Terrón hasta la Gobernación, una volqueta lo golpeó con su parachoques y le fracturó su
pierna izquierda. Roberto me muestra su pie mientras busca la cicatriz, perdida después de
veintiocho años.

En los años noventa muere su hermano Jairo, el “trabajadorcito”, el cuarto de siete, en un accidente
en la vía; “se mató en la moto”, dice Roberto. Luego su papá llegó a su límite.

En los dos mil la vida lo hizo “acreedor” de una tuberculosis que lo condenó a la soledad. El mismo
espíritu de guerrero lo llevó a superar una adversidad más, venciendo la bacteria que le dejó como
recuerdo algunas secuelas insuperables.

El 2015 se posicionó en su historia con par bofetadas: muere su hermano el tremendo, Guillermo,
luego que la existencia le reclamara por sus excesos. Meses después, Stella, la que creció como si
fuera una hija, le aburrió ser y estar, por lo que decidió ahorcarse en pleno diciembre.

***

“Volví a participar con mi bicicleta Venzo en la Vuelta al Valle en 1989, después de recuperarme de
la fractura. Pero esta vez no me fue mejor. Además ya sabía cómo era la trampa. Por eso me aburrí
y no volví a participar profesionalmente”.

Mejor siguió cosechando su felicidad con las bicicletas sin la necesidad de ser reconocido. Compró
nuevas bicicletas y siguió recorriendo el Valle por su cuenta.

Perfil realizado por: Christian Lozano López – Onda UAO

Perfil nominado a ‘Mejor Perfil Escrito’ en Premios Te Muestra 2017

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