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El Paraíso: Creer en lo que nunca fue

Nov 9, 2017 Últimas Noticias

Visitar la Hacienda El Paraíso, la que en alguna época habitó Jorge Isaacs, aún conserva aquel misticismo impregnado por su obra literaria que fue publicada por primera vez hace 150 años, esa misma que lo hizo inmortal: ‘María’.

Aunque visitarla un día siguiente a una fecha festiva es un error, dado a que la atención al público se cierra debido a que toda esa belleza merece sus cuidados para poder volver a darle la cara al público, pudimos convencer a los encargados de que nos dejaran pasar; así tuviéramos que evitar dañarles el trapeado de los adoquines pasando por el bordecito y sobre cartones extendidos como senderos hasta llegar al mirador frontal. El viaje desde el sur de Cali había sido un poco largo como para quedarnos sólo con una vista majestuosa desde el exterior del portal.

No se llama El Paraíso porque necesitaban un nombre de urgencia para tremenda casona, sino porque es la mejor referencia que le pudo encontrar Jorge al lugar donde creció. Hacer dicha relación era obvia y sigue siendo obvia.

El pasillo empedrado dirige a los visitantes de la generación 2017 por el medio de flores engalanadoras de un escenario del romance, hasta una edificación blanca, como aquellas que sólo supieron ver comúnmente los que vivieron en el siglo XIX, bajo esa época definida por estilos coloniales.

No había un guía que nos acompañara, pero hubo un trabajador en botas pantaneras que, tras tantos años de detención en el tiempo entre las mismas paredes, el discurso no podía ser diferente ni incompleto.

La novela sigue reclamando vida, como rezongando sobre lo que la naturaleza no puede evitar: la muerte, la misma que cimentó la historia de un amor imposible. “Este es el estudio de Efraín. Aquí le dictaba clases de geografía y le enseñaba a escribir a María y a sus dos hermanas, Emma y Eloísa”. Hay un mapamundi y una biblioteca que visten el encierro. La gente mira convencida de la veracidad del relato, pues no hay otra forma diferente de imaginarse la historia sino con las coordenadas que imprimió Isaacs en 1867, ese Jorge que creció explorando los mismos paredones y las mismas tejas durante muchos años.

Avanzamos cobijados bajo el relato de un acontecimiento acaecido por primera vez en las quimeras del escritor, asombrándonos por un pasado que nadie atestiguó y que sólo lo soportan los versos de un sentido tejido verbal codificado sobre el lienzo de la eternidad.

Nadie se atreve a decirle al de las botas que eso no fue así, que su recitación es una verborrea falaz que poco aprobada está de basarse en hechos reales.

Pero, siendo sinceros, ¿quién quiere alegar que la historia no esté siendo contada al derecho? ¿Quién quiere revelar las andanzas de don George Henry Isaacs por las que perdió medio Valle del Cauca a través de las jugarretas mientras hacía cómplice al alcohol? ¿Alguien quiere narrar la pérdida de un paraíso por culpa de los malos vicios? A nadie le parece envolvente ni mucho menos romántico que la Hacienda haya salido de las manos de los Isaacs desde 1869 para nunca volver.

Lo que se cuenta mientras nos asomamos por entre los marcos de las puertas para ver los vestigios de un pasado elegante, ostentoso y poderoso no es más que la representación de un único escenario inmenso de una obra de teatro que ya pasó como el galope del unicornio, pero que sus visitantes anhelan reconstruir con sus actitudes investigativas detrás del foco de sus cámaras réflex.

Ese feo vicio de querer saber más, de encontrarle una continuidad a todo. Atamos cabos de lo que nunca estuvo atado. Pensamos más de lo que pensó el instante para obtener un poco más que manchas fragmentadas sin lograr perpetuar la unidad.

En medio del recorrido, hay quienes le atribuyen el amorío familiar de la novela al propio Jorge, pero es resultado del capricho belicoso que se apodera de los desahuciados por conectar aquel mundo de fantasía con una realidad no tan alucinante. Nada lo puede demostrar.

Es muy cierto que el escritor se sirve de la pasarela de vivencias que atraviesan sus sentimientos, y mucho de esto siempre se verá reflejado en lo que, con empeño, ha parido; pero Efraín es Efraín y Jorge fue Jorge.

No hay mayor remedio para el agobio que despierta la incapacidad de saberlo todo, que creer lo que las paredes dicen. En El Paraíso todas hablan de Efraín y María como los artífices de una utopía sin los pies en la tierra.

Quienes visitan la Hacienda desde que el gobierno departamental del Valle del Cauca la adquirió en 1953, además de llevarse el recuerdo de una belleza natural que logra ser la identidad de un territorio que no tiene parecido alguno, asemejándose nada más al cielo de los creyentes; sólo quieren ser los compinches de un chisme hermoso que fue capaz de cautivar el mundo en 31 idiomas diferentes.

Por Christian Lozano López

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